Eran las tres de la madrugada. Como tantas otras veces, despertó sin motivo aparente, una calma inusual que le acompañaba en la oscuridad. Nada lo perturbaba, no aún.
Un tenue susurro rozó sus oídos, casi imperceptible, como una caricia fría en la quietud de la habitación. Por la ventana se colaba un rayo de luz, era la luna llena, imponente y blanquecina.
Se incorporó en la cama, aclarándose la vista, y en los juegos de luces y sombras distinguió figuras fantasmales, etéreas, que danzaban con la luz de la luna. A esa hora no había bulla, ni el rumor lejano de los carros. Para tranquilizarse, se dijo a sí mismo que debía ser el zumbido de la nevera o el aire acondicionado del vecino. Una explicación lógica, reconfortante.
Pero entonces, el susurro regresó, más claro, más cercano. Y esta vez, lo supo. Ya no había engaño posible.
Juan Rafael Sandoval Mata
02/06/2025
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