El Álamo Carolina es un espejo de la vida del vecino que, en su vejez, encuentra paz y cobijo bajo su sombra.
Cual hombre que se alza grande y sólido por su propia voluntad, el Álamo Carolina se consagró a su crecimiento y a la sabiduría interna.
Supo acoger con dulzura a los pájaros que en sus ramas hallaban nido y resguardo.
La maraña de sus raíces se teje como el húmedo lazo familiar, fuente de arraigo y claridad ante la incertidumbre.
El Álamo Carolina y el hombre se entrelazan en la quimera, cuando el ser humano sueña, abrigado por la vasta y generosa sombra que el árbol le regala.
Juan Rafael Sandoval Mata
26/05/2025
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